El solfeo como lo percibo

¡El solfeo!

¿De que males no te han acusado?

Procedamos a una breve encuesta callejera, dirijiendonos a unos cuantos transeúntes.

¿Señora? : “ A mi me gustaba el piano, pero las clases de solfeo, tan ingratas, me desanimaron, y acabé por dejarlo”.

¿Señor? : “¡ Para mi, peor todavía ! En el conservatorio, me salía bastante bién tocar el clarinete, pero acabé excluido, habiendo repetido tres veces el mismo curso de solfeo, el de Don Pepito…Hay que decir que la carrera de notas, cronometradas por el maestro, fué siempre mi mayor obsesión, originando mis resultados médiocres”.

¿Y tu, jovén? : “Pués, deseaba tocar el piano, pero solo los mejores en las pruebas de solfeo podían hacerlo, entonces me pusieron a tocar el bajón. Pero, si consigo mejores resultados en las próximas pruebas de solfeo, me dijeron que podría tocar un segundo instrumento, si hay sitio”.

Ajenos a una caricatura facíl y demagógica, estos ejemplos abundan cuando uno se interesa a la perceptión del aprendizaje musical, supuesto clásico, por un extenso público.
El solfeo es percibido como una obligación, un mal necesario para poder aprender a tocar su instrumento, obligación vinculada con frías salas de clase, mesas y sillas bién alineadas, los mejores alumnos delante, los malos en el fondo, por ser holgazanes o por cantar “desafinadamente”.

Última amalgama, este solfeo esta relacionado con enseñantes anticuados, así como a la práctica, en tiempos no tán lejanos, de la flauta de pico durante los clases de música en el cole (por lo menos en Francia).

Aunque muchos profesores, y desde siempre, han obrado en contradicción con esos prejuicios, consta que la opinión general es negativa, e incluso hostil.

¿Como se pudo llegar a esta situación?

Un regreso al pasado será necesario.

El “Solfeggio” italiano se relata más o menos con el aprendizaje de la lectura de la música.

El solfeo recurre a la teoría de la música, incluyendo la notación y la jerarquia establecida entre los parámetros sonoros, que son los siguientes:

1- El ritmo (conocimiento de los ritmos, comprensión de la “matemática rítmica”, y también elaboración de una teoría del ritmo armónico, del ritmo formal)

2- La altura (nombre de las notas, claves, escalas, construcción de los modos, de la tonalidad, de los acordes con sus numéraciones o graduaciones, de los intervalos).

3- La intensidad (aprendizaje de los matices, de los modos de ataque, de las indicaciones agógicas y expresivas).

4- El parámetro del timbre no es tradicionalmente tratado por la teoría de la música, quizás porque requiere una relación directa al sonido que solo la práctica, como oyente o intérprete, puede desarrollar. Uno se satisfará, a veces, con tablas indicando los ámbitos de los varios instrumentos y otras dando detalles sobre los instrumentos transportadores.

Según mi opinión, la base de esta incomprensión procede de una interpretación errónea de esas definiciones. Cuando los ancianos practicaban la lectura de la música, no pensaban en ningún momento disociar la lectura del sonido. La vista debía ante todo “oír”, relacionada en directo con una imagén sonora. Esa “Música Práctica” desarollaba conocimientos técnicos y teóricos con una práctica concreta, más bién fuese vocal o escrita (en este último caso, el lápiz también tenía que “oír”). La práctica del canto con libro, por ejemplo, permitía también desarrollar el oído contrapuntista y vertical , así como el sentido de anticipación. Esa idea, inherente a la naturaleza humana, que la teoría procede del sentido , les parecía evidente. Es decir que uno no puede designar algo si no tiene experiencia previa en la área de lo sentido y de lo percibido.

Es verdad que con el tiempo, el solfeo se desconectó del sonido y separó la teoría de los parámetros musicales, con perjuicio para la memoria sensorial, imprescindible a la representación íntima de la imagén sonora, sín juicio ni autocrítica.

Leer las notas (sin oírlas), llevar el ritmo (pronunciando onomatopeyas sin relacíon con un gesto vocal o instrumental), apprender la teoría (¿Cuantos semitonos diatónicos y cromáticos en una sexta subdisminuida?), mejorarse en dictado (lo que significa poseer ese dichoso oído absoluto, sin el cual uno no puede ser músico)…es aún así que se realiza en ciertos lugares la evaluación de los alumnos y se elaboran los cursos de solfeo, a los que se les llama desde unos treinta años “formación musical”. ¿Musical? No siempre…

Por otra parte, ese cambio de título materializaba el hecho que la música debía mantenerse en adelante al centro del aprendizaje…¿Pués no lo estaba en el solfeo? Característica muy francesa la de pensar que un simple cambio de título cambia también el contenido de lo que se nombró. Por demás, sería creerse que la enseñanza del solfeo, desde la fundación del Conservatorio de Paris en 1795 hasta los años setenta, no tenía relación directa con el sonido (¡Grave error!) y que desde la nueva denominación de esa materia, todo queda por lo mejor en un mundo feliz.

Esta no es la cuestión, no es un problema de camarilla, de título, de programa, es una cuestión de comprensión. Consciente de la evidencia de mi propósito, pienso intímamente que nuestro solfeo o formación musical no es musical si la música no esta en medio de su enseñanza, es decir que cada parte de una clase propone un vínculo directo, sensorial, físico, y hasta intelectual, a la materia sonora. ¿Es posible aprender a jugar al fútbol sin nunca tocar una pelota, solo mirando vídeos y detallando esquemas, sentado en una silla? ¿Es posible aprender a bailar sin experimentar el movimiento, sentirlo intímamente? Eso es creer, sin embargo, que ciertas personas siguen pensando que se puede aprender la música en los libros, en el fondo de ejercicios sin música, temiendo los exámenes de fin de año.

Que me sea permitido, por una vez, expresar mi ira ante la pérdida irremplazable de estudiantes en música, asqueados, desanimados, deceptionados, y que, de adultos, perpetuarán la imagen del solfeo que acabo de describir. Aqui, las víctimas se convierten en jueces, sín que uno no les pueda hacer reproches. ¿En cambio, no serán los responsables esos que, sin mala intención, piensan formar músicos sin llevarlos al sonido? Esas personas se agarran a menudo con lo que les queda : exámenes y teoría, olvidando que antes de ser profesores, fueron músicos.

Espero que esta serie de artículos servirá a encender o mantener esa llamita, eso siendo mi deseo más entrañable.

Benoît Menut
Traducción al español: Xavier Vega y Patrice Guittet

Fotografia : Helena Peixoto CC BY – NC 2.0