El Arte en el siglo XXI será comprometido o no será #7 – De la interpretación de la creación

magritte oeil - wallyg - CC BY-NC-ND 2.0¿Podemos definir los lazos que unen los dominios de la interpretación y de la creación?

Los fundamentos de esta reflexión nacieron en el momento de una discusión con un amigo pintor y artista plástico, que lamentaba el hecho que los artistas plásticos fueran puestos en un pedestal. «La función creadora del artista plástico genera una forma de orgullo, un sentimiento de omnipotencia» decía él. Así es como me pidió hablarle de la manera en que yo vivía mi creación de música – intérprete tal y como se presenta en el concierto.

Y me acordé entonces una frase del compositor Philippe Boesmans:

« A menudo me dicen, y tal vez a veces malignamente, que mi música se parece siempre a alguna otra cosa. Pero, ¿una buena música no se parece siempre a algo? ¡Si no, no se parecería a nada! significaría que no tiene sentido.» (1)

Este discurso muestra una humildad profunda, en el sentido en que Boesmans es consciente de la herencia humana, cultural e histórica a la cual debe hacer frente todo « creador ». Por extensión, se puede decir que toda creación se parece siempre a algo. ¡Finalmente, EL TEMA entre todos, es siempre la vida! Sólo interpretamos sin cesar la creación (¿y qué es la Biblia, si no la interpretación de la Creación?) Parece evidente que un conjunto de cosas existe antes de la creación de una obra y que, por consiguiente, interviene una dirección, un sentido histórico de la creación artística.

Todo creador es intérprete del mundo que lo rodea y heredero de un legado cultural. Además está sometido a un material preexistente (el paroxismo de esta idea se encuentra en la corriente artística nombrada « ready-made »). Si orientamos esta visión hacia unas palabras más religiosas o místicas, podemos también preguntarnos: ¿después del Creador, quién puede todavía crear? Escapar de su ego parece necesario para hablar de lo que todos nosotros vivimos: el carácter universal de la creación. El creador-artista plástico por ejemplo, participa en una actualización continuamente renovada de la Esencia humana. Las ideas nunca son nuevas, siempre existieron.

A este respecto es interesante considerar la posición del fotógrafo como creador – intérprete: crea su propia visión y, al mismo tiempo, propone una perspectiva del mundo a través del dominio de las técnicas (interpretación).

Crear significa dar un sentido, elaborar una narración, tan elíptica sea; pero no podemos definir decentemente el misterio del Arte. Pensemos un momento en las creaciones-interpretaciones divinatorias de « la Pitonisa » en la Antigüedad griega. La parte del azar en la Creación no debe descuidarse (cf. inhibición e inconsciente freudianos, escritura automática….) Existe siempre inicialmente algo que nos supera, lo queramos o no. ¿Por qué una decisión en vez que otra?

En música, los compositores seriales intentaron reducir al mínimo el incierto con el fin de de dominar los acontecimientos; en realidad, el Arte se refiere tanto al inconsciente como al consciente, lo que tiene como resultado el hacernos un poco menos creador y un poco más « marioneta ».

Como decía Marcel Duchamp con mucho humor:

« El artista no sabe lo que hace. E insisto sobre eso porque a los artistas no les gusta que se diga

Volvamos al intérprete-músico: su apropiación de un texto (partitura) se vuelve una creación a partir del momento en que pasa por un cuerpo, una vivencia, un espíritu, un sentimiento, una cultura etc. La interpretación se hace a veces hasta visionaria y suplanta la creación. En música, la obra de Glenn Gould es uno de los ejemplos más importantes.

magritte - matt hobbs - CC BY-NC-ND 3.0En lo que se refiere al discurso, (o logos), los códigos son diferentes para ambas partes: mientras que empieza para el creador con su interpretación (del mundo), acaba para el intérprete con una creación final. El valor único de un intérprete-músico puede medirse a esto: la interpretación en concierto es un acontecimiento puntual con duración limitada. El intérprete lleva en él la aptitud y la actitud creativa, es el que transmite la creación. Mientras la creación de un objeto no efímero como un cuadro, una vez acabada, puede muy bien existir sin su creador; ¿desgraciada o afortunadamente?

La definición del artista-creador, generador de un producto, se hace intercambiable con la del intérprete que se hace traductor, transmisor de creación. Existe en efecto un verdadero juego de espejos entre ambos personajes, pero se trata de hecho de una sola y única cosa. Pudimos constatar este fenómeno a través del Arte del siglo XX. Pensemos por ejemplo en los  » happenings », las « performances « de Marina Abramovic (o de Bruce Nauman, Vito Acconci, Valie Export…) como exégesis conceptuales de la interpretación con el público.

El creador – intérprete, especie de Jano, es un catalizador, un transmisor de ideas – éstas que no pertenecen a nadie y circulan con los tiempos que corren. Los artistas plásticos del siglo XX , sin duda alguna, han cuestionado realmente el problema de la interpretación y sus límites.

A modo de escapatoria y de transición, los críticos de arte también son intérpretes, ya que elaboran una visión particular de una obra, que sólo tiene valor como subjetividad …

Pasemos ahora al resultado del proceso creativo: el público (así como el crítico), es intérprete con su manera de apropiarse la obra, de mirarla, de sentirla, de hablar de ella. Una obra continúa viviendo sólo por la interpretación y las interrogaciones incesantes del público (la interpretación siendo ya una interrogación en sí misma). No sólo un cuadro o una sinfonía no pueden vivir (y por consiguiente ultimar su creación) si no los vemos o no los escuchamos , sino que además, la finalidad del proceso artístico se resuelve plena y únicamente en cada uno de nosotros, intrínsecamente. De la misma manera que no se puede convencer a otro de la belleza o del valor de una obra de arte, ésta encontra un eco particular en cada individuo que la recibe. Lo que induce por consiguiente tantas creaciones para una obra como personas implicadas durante su representación. La obra se lleva en sí, se trata de un tesoro personal y nuestra propia interpretación hace de ella una nueva creación.

El punto común entre todos los artistas, los « creadores », los « intérpretes » y el público, es el deseo de eternidad. Esta voluntad de perennidad, este prolongamiento del ser es otro modo de engendrar, de dar a luz la humanidad.

La «fabricación del Arte», de un objeto, de una obra, resulta de un proceso único de transformación en el cual participan el creador (intérprete de datos y materiales) y el intérprete (músico, público) el cual hace una creación, una recreación, una apropiación. En suma, ¿quién puede aspirar a conocer la percepción de otro? (el inconsciente definiéndose como sentido freudiano de la interpretación).

Hay que estrechar los lazos que deben unir al creador, al intérprete, al público y redefinir un nuevo enfoque del Arte para el beneficio de cada uno. Cuando una división del proceso existe, es simplemente que el público no percibe la donación de la obra, porque esto se sitúa en un nivel de maestría tal que no puede identificarse con el artista. La necesidad de las interacciones entre dar y recibir plantea la pregunta del sentido creación-interpretación: se trata de devolver sentido a la vida, de reencontrar el lazo que nos une, el vector humanista. El intérprete, el público, interrogan el mundo y crean una complementariedad con el creador. Una forma de respuesta también. El « creador » parte de una percepción del mundo para dar una traducción; el público recibe esta traducción y regresa al objeto inicial. Este círculo virtuoso se retroalimenta. La pregunta de la necesidad del Arte está planteada: el arte es superfluo, sí, hasta el momento en que da un sentido a la vida: es en este momento cuando se hace necesario.

El arte es un antidestino”, decía Malraux.

La voluntad de reencontrar el principio de necesidad en arte es capital: nada sería más peligroso que un mundo sin arte, al igual que un mundo sin ciencia. Sería un mundo paralizado, sin interrogación, sin narración. La interpretación estanca el misterio de la creación.

Mientras que la indiferencia potencial del público es sin cesar una amenaza para el arte, parece hoy necesario despertar las conciencias: cada ser humano participa en la creación artística incluso si no crea directamente. Se trata de una verdadera toma de conciencia; si hay una ruptura en el proceso, el resultado será la incomprensión, la indiferencia, la hostilidad…

¿Por qué el Arte debe continuar existiendo? Para que podamos continuar existiendo. El Arte se materializa en cada uno de nosotros, la creación perpetúa la raza humana. La creación es la vida misma. Todos nosotros no somos sólo intérpretes del mundo donde vivimos sino, por añadidura, creadores. Crear, es resucitar el “gesto divino”, es continuar viviendo y sobrevivir a la muerte.

Pero, crear, es también interrogar el mundo y encontrar algunas respuestas. El público también debe interrogar la obra – y por tanto el mundo- y « espigar » allí sus propias respuestas. Ya es hora de devolverle la palabra. Que él pida ver ciertas cosas y que lo enuncie, ya que que la palabra es la esencia misma de la Creación:

 « Al principio era el Verbo».

Laurianne Corneille
Traducción al español: Patrice Guittet y Ana Sánchez Hernández

(1) Entrevistas y testimonios de Christian Renard y Robert Wangermée. Editions Mardaga.

Fotos: Matt Hobbs (CC BY-NC-ND 3.0), Wallyg (CC BY-NC-ND 2.0)